Con la llegada del siglo XX, aparecieron nuevas tecnologías, se mejoraron los derechos de los trabajadores y, poco a poco, se fue consolidando cada vez más una estructura económica mundial hacia la democracia y el capitalismo. El arte, para bien o para mal, se vio tremendamente influenciado por todo ese cambio de perspectiva.
Ya con varios antecedentes en el siglo XIX, las revoluciones artísticas que se habían llevado a cabo siguieron ese mismo camino, intentando trabajar cada vez más con todas las nuevas ideas que iban surgiendo. Los progresos tecnológicos no se quedaron atrás, permitiendo una evolución a una velocidad alarmante: ramas como la fotografía, el cine o la animación progresaron rápidamente, marcando avances enormes en pocas décadas a una evolución constante. A lo largo del siglo también vimos brillar el cómic, con recursos tecnológicos algo más discretos; y ya acercándonos al final del siglo, los videojuegos.
Algunos más, otros menos, pero debido a esa implementación tecnológica, estas nuevas disciplinas venían con una nueva peculiaridad añadida que la diferenciaba de otras más clásicas: los gastos de producción. Unos gastos lo suficientemente altos como para que un solo comprador o un grupo reducido de ellos no pudiera, siquiera, compensar esa inversión
