Con la llegada del siglo XX, aparecieron nuevas tecnologías, se mejoraron los derechos de los trabajadores y, poco a poco, se fue consolidando cada vez más una estructura económica mundial hacia la democracia y el capitalismo. El arte, para bien o para mal, se vio tremendamente influenciado por todo ese cambio de perspectiva.
Ya con varios antecedentes en el siglo XIX, las revoluciones artísticas que se habían llevado a cabo siguieron ese mismo camino, intentando trabajar cada vez más con todas las nuevas ideas que iban surgiendo. Los progresos tecnológicos no se quedaron atrás, permitiendo una evolución a una velocidad alarmante: ramas como la fotografía, el cine o la animación progresaron rápidamente, marcando avances enormes en pocas décadas a una evolución constante. A lo largo del siglo también vimos brillar el cómic, con recursos tecnológicos algo más discretos; y ya acercándonos al final del siglo, los videojuegos.
Algunos más, otros menos, pero debido a esa implementación tecnológica, estas nuevas disciplinas venían con una nueva peculiaridad añadida que la diferenciaba de otras más clásicas: los gastos de producción. Unos gastos lo suficientemente altos como para que un solo comprador o un grupo reducido de ellos no pudiera, siquiera, compensar esa inversión
Es por ello que, para compensar dicho gasto (y sus supuestos beneficios), los artistas tienen que aprovecharse de las ventajas del contenido digital y la facilidad de difusión que ofrece. La inversión real -el contenido artístico- puede ser reproducida repetidamente en un soporte muy asequible. Entonces la visión cambia: vendemos nuestra creación por debajo de los costes de producción para que sean todos los consumidores, en conjunto, los que puedan alcanzar la inversión necesaria y conseguir que el medio prospere.
Llegados a ese punto, nos encontramos con otra cuestión: cuál es el precio que un sector global está dispuesto a pagar por ese producto, y cuántas ventas necesitan para compensarlo en función del mismo.
En un campo como la fotografía o el cómic, más modestos en cuanto a producción, es más sencillo abarcar un público al que le interese. Pero contra mayor es nuestra inversión, más compradores necesitamos y mayor es el riesgo a correr.
¿Y cómo es ese público tan grande al que debemos convencer de que nuestro producto vale la pena? Asumiendo que vivimos en un mundo en el que coexisten miles de disciplinas y no nos especializamos en ellas, es comprensible pensar que nos encontramos con un público sin noción artística, cuyos objetivos para el medio no tienen por qué pasar del mero entretenimiento. Que si bien, el hecho de ser los espectadores o lectores y no priorizar ni jerarquizar en él no es negativo (todo lo contrario, se ofrece acceso a la cultura), sí lo es cuando caemos en las exigencias del mismo. Exigencias que pueden centrarse fácilmente en convenciones, tanto narrativas como visuales o sonoras.
El espectador o jugador medio no tiene especial afán en la evolución e innovación del medio, llegándose incluso a sentir descolocado solo con la diferencia frente al material al que pueda estar acostumbrado. No es común ver interés en simplemente observar y entender qué es aquello que te ofrece el artista, sin tachar como algo negativo aquello que no es identificable bajo los parámetros a los que estamos acostumbrados, o cuando el creador sale de los estándares estéticos y académicos de la producción habitual. En parte por desconocimiento, y en parte por la falta de convencimiento general de que aquello es y puede ser arte.
Esta clase de valoraciones ha ocurrido siempre: la sociedad ni está enferma ni ha empeorado. La diferencia está en que, mientras un pintor impresionista no necesitaba de un apoyo global para sobrevivir (y a veces ni eso), los nuevos mercados sí lo requieren, y tienen que adaptarse a ellos si quieren prosperar. En este punto, el arte adquiere una perspectiva económica.
Y el problema real está en que un medio artístico deba amoldarse a las convenciones y expectativas de su consumidor habitual. Un consumidor que se interesa, pero que ni entiende ni está dispuesto a entender.




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